20.9.08

había que leerlo nomás


Para los integrantes de periodistilandia, excepto para los más vividores de viejos mitos setentistas, la derecha y la izquierda son alimento vencido. Brócoli viejo en la heladera. Esa es la verdad. Ahora: es centro o margen. Winner o loser. Y todos apuntan al centro y a ganar. Cómo no vas a apuntar al centro. Imaginan que en el margen hace más frío, y es verdad, que en el margen hay menos plata, y es verdad, que en el margen pasan menos ambulancias y es verdad.

La industria del entretenimiento, vistosa y pujante en los años noventa, fue la lucecita de esperanza del cardenal Samoré para muchas familias de clase media, para que sus hijos pudieran progresar, cuando ya no se podía progresar. Más que nada los hijos menos afectos al estudio. Los que menos atención prestaron en biología y en matemáticas. Y les pagaron las cuotas de los institutos y, aunque pronto descubrieron que la inserción de los chicos en los medios no iba a servir para el mejoramiento patrimonial, porque la vocación de empresario que se requiere para saltar el corralito de los asalariados no se arma en dos años, ni de grande, advirtieron también que los medios los compensarían de manera eficaz, lo que es decir, de manera simbólica, porque el fuerte de la promesa de los medios, para sus trabajadores, es la dimensión imaginaria, la importancia pública y el reconocimiento que sus vecinos les transmiten.

La fascinación popular con los periodistas, para usar un genérico que podría contener también al que atiende los teléfonos en el programa de una radio pentecostal, respondía al feeling de que integraban un sector dinámico de la pobre economía nacional y que además, por pertenecer a él, le aseguraba al chico y a la chica, a los aspirantes a soldados de una radio, de un diario, de un canal, la proximidad con los círculos de poder que la violenta segmentación social y la pérdida de espacios urbanos interclases habían vuelto cada vez más lejanos e inalcanzables para las mayorías. Los círculos de la política pero también del mundo del espectáculo o, del mundo del espectáculo pero también de la política. Porque así en ese orden es como se ajusta más al morbo y al entusiasmo con que eran percibidos. Y como la plaza pública fue cedida por las élites más comprometidas con la verdad y el progreso –que fueron siempre la política y la universidad–, los periodistas coparon el escenario, multiplicando así su importancia y atractivo para las masas. Además de informar y manipular la información, lo que la prensa hizo siempre, se convirtieron en voces esperadas para arbitrar en decisiones importantes. Fueron y son, también, sicarios de guante blanco. Si en Francia ciertos debates como genoma tienen como últimas palabras las de los científicos, en la Argentina, los argentinos quedamos, en un día bueno, en las manos de Adrián Paenza, un comando tecnológico de Fantasy, para decidir qué nos conviene más. Pero si es un día malo, como suelen ser la mayoría de los días en el tercer mundo, y no tenemos suerte, los temas graves recaen para el análisis y el dictamen de Investigaciones Klipphan.

3 comentarios:

miguel dijo...

Me parece que la fascinación popular con los periodistas no pasa tanto por pertenecer a un sector dinámico de la economía o por proximidad con los círculos de poder.
Yo creo que pasa más bien por una visión romántica vinculada con la honestidad y la búsqueda de la verdad. Después de sentirse defraudada y perder toda confianza en los políticos, pareciera que la sociedad compró esto de que el periodismo es una especie de organismo de control del poder. El periodista así se convirtió en un Robin Hood con cámara oculta en lugar de arco y flecha.
Lamentablemente es cierto lo de sicarios. Tanto Perón como la dictadura e incluso el mismo kirchnerismo se beneficiaron con sus servicios. Ahora están medio peleados pero es hasta que tengan que refinanciar alguna deuda o prorrogar licencias, obvio. =P

Jimenita dijo...

es un buen punto, pero me parece que la sociedad ya se dio cuenta de que también los periodistas somos humanos

miguel dijo...

todos menos vos, diosa! jejeje